Todo parecía normal. Como cada último sábado del mes, estaba metida en la bañera, agua tibia, sales aromáticas, velas encendidas para tener luz tenue, espuma en abundancia que justo tapaba su bello pecho, pelo recogido en una coleta, disco de Queen a un volumen óptimo para rematar la escena. La rutina de cada último sábado del mes. Una rutina que se veía interrumpida porque esta vez, en su mano izquierda tenía una cuchilla de afeitar, recién salida de un blister. No tenía intención de colocarla en ninguna maquinilla, ni tan siquiera de usarla en otras ocasiones. Un corte preciso iba a ser su cometido.
Un buen suicida no se demora mucho en llevar a cabo su final. Ella aún no estaba totalmente segura de hacer lo que se había planteado. La infelicidad y la amargura la habían conducido a tener ese frío y afilado trozo de metal en su mano, viéndose reflejada, mirada atenta, perturbada. En los últimos meses su vida había dado un gran vuelco.
En demasiado poco tiempo, vio cómo perdía todo. Por un lado, la persona con la que había estado tanto tiempo, creyendo que él era el mejor hombre del mundo, no fue lo que era, al igual que su mejor amiga, con la que había compartido todo desde su niñez. Pero el compartir no incluía al cerdo de su novio, con quien esa zorra llevaba acostándose unos cuantos meses.
Por otro lado, la carrera que estudiaba empezaba a ser más dura que nunca. A pesar de empezar con ilusión la carrera de psicología, tras esa pequeña charla en la que descubrió que todo lo que hacía no serviría para nada, se desilusionó, más viendo que las salidas profesionales se reducían en demasía. Además, trabajando como estaba en un restaurante de comida rápida, ganaba poco, tenía unos horarios abusivos, y el encargado la acosaba. Pero en plena crisis, no podía dejar el curro, por mal que estuviera.
Ni siquiera se veía atractiva a pesar de tener unas medidas perfectas, unos ojos verdes difíciles de olvidar, una voz suave y melodiosa, una piel morena. Además, no era ninguna estúpida, pero todo el mundo tiene un tope. El suyo había sido rebasado. Pero algo impedía que aquel filo desgarrara su piel e hiciera que las venas se rompiesen como dos cuerdas sometidas a mucha tensión para dar paso a un largo correr de sangre. Ese algo rondaba su cabeza, sin saber qué era.
¿Podía tratarse de la gente que todavía le quería?¿Tal vez su edad, por lo que no era demasiado tarde para emprender un nuevo camino?¿Puede ser que no le costaría encontrar a alguien que la apreciase tanto como se merece?¿O es que se ha percatado de que vale mucho y puede conseguir lo que se proponga? Pero no era nada de eso por separado, era un todo, acababa de descubrir algo vital para seguir adelante. Por fin tras mucho tiempo, esbozó una sonrisa, dejó la cuchilla en un costado de la bañera, y se dispuso a salir, feliz como no había estado en tiempo.
Lástima que, nada más salir, se resbaló con el suelo mojado, y su nuca recibiera un golpe poderoso con el borde la bañera, quedando su cuerpo desnudo en el suelo,viéndose rodeado por un manantial rojo proveniente de su cabeza. Y es que nadie puede levantarse tras romperse el cuello, pero sí tras haberse roto sus sueños.
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